lunes, 17 de septiembre de 2018

A LA DERIVA







El hombre pisó algo blancuzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yaracacusú que, arrollada sobre sí misma, esperaba otro ataque.
El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.
El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.
El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que, como relámpagos, habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.
Llegó por fin al rancho y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.
-¡Dorotea! -alcanzó a lanzar en un estertor-. ¡Dame caña1!
Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.
-¡Te pedí caña, no agua! -rugió de nuevo-. ¡Dame caña!
-¡Pero es caña, Paulino! -protestó la mujer, espantada.
-¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!
La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.
-Bueno; esto se pone feo -murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.
Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.
Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentose en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.
El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito -de sangre esta vez- dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.
La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.
La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.
-¡Alves! -gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.
-¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! -clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.
El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.
El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.
El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.
El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.
¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.
Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.
De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho.
¿Qué sería? Y la respiración…
Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo… ¿Viernes? Sí, o jueves…
El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.
-Un jueves…
Y cesó de respirar.

CASA TOMADA

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo -le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos a mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos pocos platos sucios.

Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos.

Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por los bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde. Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa.

Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina. Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pulóver está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila, Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor de preguntarle a Irene qué pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba la plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos.

 Era hermoso. Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living.

 De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y más allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y al baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires ser! una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombo! de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos. Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles.

Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornado puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la puerta antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad. Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene: -Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado la parte del fondo. Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados. -¿Estás seguro ? Asentí. -Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado. Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un ratc en reanudar su labor.

Me acuerdo que tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco. Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene extrañaba unas carpetas, un par de pantuflas que tanto la abrigaban en invierno. Yo sentía mi pipa de enebro y creo que Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza. -No está aquí. Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa. Pero también tuvimos ventajas.

La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no. daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque resulta molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.

Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía: -Fíjate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol? Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy.

Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar. (Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios. Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico.

La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada nos poníamos a hablar en voz más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiado ruido de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos más despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.) Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias.

De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro. No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás.

Los ruidos se oían más fuertes pero siempre sordos,. a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada. -Han tomado esta parte --dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo. . -¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente. -No, nada. Estábamos con lo puesto.

Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora. Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla.

No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.

COMO GREENWICH


      —Usted no es mallorquín, ¿verdad? —dice la adolescente desde la mesa vecina.
      —¿Cómo? ¿Qué? —se sobresalta Quiñones y casi se atora con el jerez seco.
      —¿Lo asusté? —La muchacha no parecía burlona sino divertida.
      —Me tomó de sorpresa, lo reconozco. Aquí en Palma no me conoce nadie. Estoy de paso.
      —Así que no es mallorquín. Ni siquiera español.
      —Quememos etapas en la investigación: soy argentino.
      —Me parecía.
      —¿Por qué? —Quiñones se fija más detenidamente en la chiquilina, de pantalones oscuros y blusa blanca, poco formada aún pero con futuro.
      —No sé. Por la raya del pantalón, por la manera de encender el fósforo, por el modo de mirar a las mujeres.
      —Todo un progreso. Antes sólo nos conocían cuando decíamos yuvia, caye, yorando.
      —Yo diría que tiene cuarenta y tres.
      —Cuarenta y uno.
      —¿Se quita años?
      Las maneras descaradas de la muchacha tienen cierta originalidad. Quiñones se siente a gusto.
      —Yo soy uruguaya. Tengo catorce.
      —Está bien.
      —¿No le interesa?
      —¿Por qué no? Pero la verdad es que en estos últimos años no es extraño encontrar rioplatenses en Europa.
      —Me llamo Susana. ¿Y usted?
      —Quiñones.
      Susana había pedido una limonada pero aún no la había probado.
      —Se le va a calentar esa limonada. No olvide que estamos en agosto.
      —No me caen bien las bebidas heladas.
      Rodea el vaso con una mano para medir su temperatura, pero tampoco ahora se decide.
      —¿Le gustan todas estas suecas y holandesas y alemanas que desfilan aquí en el Borne y usted contempla con fascinación?
      —Bueno, depende. Hay holandesas y holandesas.
      —¿Cuáles le atraen más? ¿Las de pechitos gráciles o las de celulitis?
      Quiñones la mira intrigado.
      —¿Dónde aprendiste semejante vocabulario?
      —Ah, nos tuteamos, qué bien.
      —Sí, claro.
      —Bueno, no soy analfabeta.
      —Yo diría que más bien demasiado alfabeta para tus catorce.
      Susana queda callada, mirándose los brazos delgados, como si examinara la piel poro a poro.
      —Siempre que tomo mucho sol me salen pecas.
      —A mí también —asiente Quiñones, por decir algo.
      —El dúo Los Pecosos. ¿Sabés cantar?
      —Desafino como un gallo sordo, ¿y vos?
      —Yo desafino como cualquier violín.
      —No hay que generalizar. Hay violines que.
      —Todos desafinan. Si lo sabré. Mi tío era violinista y maullaba todo el santo día. O sea que suspendemos lo del dúo.
      —¿Por qué decís era violinista? ¿Ya no lo es?
      —Ahora es carpintero. Desafina con el serrucho. Cosas del exilio.
      —Ah, sos exiliada.
      —Claro.
      —No tan claro. Hay uruguayos y argentinos que no son exiliados.
      —La mitad por lo menos lo son.
      —Pero la otra mitad...
      —Hijos de exiliados. Yo en realidad pertenezco a esa segunda mitad. ¿Y vos?
      —A la primera.
      —¿Cuánto hace que saliste de Buenos Aires?
      —De Tucumán. Buenos Aires no es toda la república.
      —Ta bien.
      —Cuatro años.
      —¿Y qué haces en Palma?
      —Ahora estoy de vacaciones, pero normalmente vendo. Vendo publicidad. En toda España.
      —Qué interesante. Yo vivo en Alemania.
      —¿Y qué tal?
      —Bien. Son alemanes.
      Quiñones sonrió y aprovechó para tomar un traguito del jerez.
      —Decime un poco, ¿por qué empezaste a hablarme?
      —No sé. Quizá porque no te conozco.
      —¿Ganas simplemente de hablar?
      —No exactamente. En realidad, tenía que decirle a alguien que pienso suicidarme. Es demasiada noticia para llevarla a solas.
      De pronto la muchacha se había puesto seria. Quiñones tragó de nuevo, pero sólo saliva.
      —¿Viniste sola a Palma?
      —No. Con mi viejo.
      —Menos mal.
      —Y con una amiga de mi viejo. Dentro de un rato vendrán a buscarme.
      —¿Y tu mamá?
      —En Alemania. Hace tiempo que no están juntos. Ella también tiene un amigo, un compañero, qué sé yo.
      —¿Es por eso que querés suicidarte?
      —Ah, lo creyó.
      —¿Era una broma?
      —Nada de broma. Pero pensé que nadie me lo creería.
      No, no es por eso.
      Él volvió a mirar la procesión de turistas. Por lo general, se quedaba aquí, en las mesitas exteriores del café Miami, por lo menos hasta que veía llegar la camioneta con los periódicos de Madrid. Entonces cruzaba hasta el quiosco y compraba dos diarios y alguna revista, a fin de no perder contacto con el mundo.
      —¿Vas a contarme más?
      —Puede ser. Parecés buen tipo. A pesar de ese nombre horrible, Quiñones.
      —¿No te gusta?
      —Francamente, es asqueroso. Claro que lo importante no es el nombre. ¿Sos buena gente o no?
      —Creo que sí.
      —Entonces sos. Si no lo fueras, habrías dicho que estabas seguro.
      —Tenés tus métodos vos.
      —Y sí. Hay que revolverse.
      El camarero pasa con la bandeja vacía y Quiñones aprovecha para pedirle otro jerez.
      —Ese debe tomarme por un corruptor de menores.
      —O a mí por una corruptora de mayores.
      —Que también las hay.
      —Seguro. ¿Estuviste preso vos?
      Volvió a sobresaltarse. Para disimular se quitó los lentes y empezó a limpiarlos con el pañuelo sucio.
      —Tres años.
      —¿Estás solo en España?
      —Solo.
      —¿No tenés mujer ni hijos?
      —Mujer. Pero acordate de que la que quiere suicidarse sos vos y no yo.
      —Tenés razón. Pero me parece que no me tomás en serio.
      —Te lo digo de veras. Quisiera no tomarte en serio. Sería más cómodo. Pero no.
      —¿No te extraña que quiera suicidarme en edad tan temprana?
      —Si pudieras hablar en un estilo menos periodístico, te lo agradecería. No, no me extraña.
      —Nadie lo sabe.
      —¿Cómo nadie? Yo lo sé.
      —Pero vos no vas a traicionarme. Digo, me parece.
      —¿Por qué no hablás con tu padre?
      —No entiende un corno.
      —¿Y yo entiendo?
      —No estoy segura. Estoy probando, nada más. Sos bastante viejo para entender, pero tenés ojos jóvenes. Así que a lo mejor.
      —Gracias por ese margen.
      —¿Cómo tengo yo los ojos?
      —De desconcierto.
      —Vos también tenés tus métodos.
      —Y sí. Hay que revolverse.
      Ella se pasa las manos por los pantalones, en un gesto no premeditado, casi ritual.
      —¿Alguna vez probaste drogas? —deja caer Quiñones con el tono más natural del mundo.
      —Sí, pero no sirven. No se acostumbran a mí, ni yo me acostumbré a ellas. Incompatibilidad de caracteres.
      —Mejor para vos.
      —O peor, no sé. Lo cierto es que no marchó.
      Quiñones registra la llegada de la camioneta y la descarga de los diarios madrileños, pero no se levanta, más tarde habrá tiempo. Por ahora permanece aquí, junto a la muchacha.
      —¿También tu padre estuvo preso?
      —Ajá.
      —¿Lo pasó mal?
      —Ajá. Además, no me llamo Susana.
      —No me digas.
      —Me llamo Elena.
      —¿Y eso?
      —No sabía si podía confiar.
      —¿Y ahora?
      —Ahora creo que sí.
      —Pues yo, lo siento mucho, me sigo llamando Quiñones.
      —Lástima. Con la esperanza que tenía de que también fuera falso.
      —Sorry.
      —¿Nunca tomás precauciones?
      —A veces sí. Pero no tenés pinta de agente de la CIA.
      Quiñones se decide a inaugurar la segunda copa de jerez.
      —¿Qué tal? ¿Está bueno?
      —Sí.
      —Nunca he probado jerez.
      —¿Querés que te pida uno?
      —No. El alcohol me da urticaria. El alcohol y los tangos.
      —Decime, ¿tengo que preguntarte los motivos de tus ganas de suicidarte?
      —No son ganas. Es una decisión.
      —Una decisión se toma por alguna causa.
      —¿En qué quedamos? ¿Me vas a preguntar?
      —Bien, ¿por qué tomaste esa decisión?
      —Cóctel de causas. Mi viejo, mi vieja, la amiga de mi viejo, el amigo de mi vieja, lo que ellos y otros cuentan de allá, lo que yo y otros encontramos acá.
      —¿Dónde es acá?
      —Alemania, Europa, todo este camping. ¿Te gusta leer?
      —Sí, pero no soy fanático.
      —¿Música?
      —Ídem. ¿Y a vos?
      —Ídem ídem. Pero qué importa.
      —¿Por dónde vas a empezar?
      —Por el principio, como los clásicos. Cuando vinimos a Europa, rajados, rajadísimos, yo tenía ocho. Mi hermano en cambio sólo tenía dos.
      —Así que tenés un hermano, qué sorpresa.
      —¿Por qué sorpresa?
      —Habría jurado que eras hija única.
      —En realidad, tengo taras de hija única. Pero además tengo un hermano. Él no se acuerda de nada. Era muy chico. Yo sí me acuerdo. Una casita de dos plantas, con jardín, en Punta Carretas. ¿Conocés Montevideo?
      —Estuve sólo dos veces, hace mucho. Pero sé donde está Punta Carretas. El faro, y todo eso.
      —Te aclaro que desde mi casa no se veía el faro. Sí se veía la cárcel.
      —Lagarto lagarto.
      —Cuando llegamos a Alemania los viejos todavía estaban juntos. Juntos pero nerviosísimos. Discutían por todo. Menos mal que de noche hacían el amor.
      —¿Te consta, lo imaginabas o los espiabas?
      —Me consta el ruido que hacía el elástico de la cama. Para mí esa señal era importante, no como precoz curiosidad sexual, entendeme bien, sino como prueba de que se necesitaban. Soy una tipa normal, después de todo, y quizá por eso no me gustaba que aquello se rompiera.
      —Pero se rompió.
      —Discutían muchísimo, sobre todo sobre política. Son de izquierda los dos, pero la cagada es que no militan en el mismo grupo. Así que se echaban mutuamente las culpas de la derrota. Yo entendía poco. Era desagradable. A veces me tapaba los oídos pero igual los oía. En cambio mi hermano lloraba a grito pelado y al final tenían que callarse para que él se calmara.
      —¿Tu hermano también está en Palma?
      —No. Quedó con la vieja. Nos repartimos. Uno y una.
      —¿Y qué más?
      —Así pasaba el tiempo, hasta que de pronto una noche la cama no hizo ruido y me di cuenta de que aquello estaba fatal. O sea que no me tomaron de sorpresa la tarde en que consiguieron impulso para decirme mirá nena, tenés que comprender, son cosas de la vida, papá y mamá se van a separar, etc. Lo peor fue el etcétera.
      Elena, ex Susana, toma por fin media limonada, mientras Quiñones sucumbe a un bostezo incontenible.
      —¿Te aburro?
      —No, muchacha, es el calor.
      —Mirá que si te aburro, dejamos. ¿Sabés por qué te cuento toda esta historia patria? Porque nunca más nos vamos a ver.
      —¿Tan segura?
      —Sacá la cuenta. Pasado mañana nos vamos y yo acabaré dentro de unos días. No lo hago aquí, porque los trámites serían más complicados para el viejo, y además no quiero arruinarle la vacación. Así que esta conversa es un chau al mundo.
      —Primera vez que me siento mundo.
      —Después el viejo se arregló con esa amiga, o compañera, qué sé yo, que es compatriota, no faltaba más, y la vieja se arregló con su amigo o compañero, también compatriota, qué te crees. Todo queda en casa. La patria o la tumba. Ellos la patria y yo lo que sigue.
      —¿Y ahí hay muchos compatriotas?
      —Unos cuantos. Se visitan y hablan todo el tiempo de allá. Que allá hay miseria y desempleo, que allá clausuran diarios, que allá prohíben canciones, que allá confiscan libros, que allá persiguen, que allá torturan, que allá matan.
      —Así es.
      —Ya lo sé. Pero es como una noria, sobre todo para los que no vivimos todo eso, sino que simplemente lo escuchamos. Y de a poco vamos odiando aquel allá. Digo nosotros, los que vinimos chicos. Pensá que en Alemania mi viejo puede trabajar tranquilo, mi vieja también, y no los matan ni torturan, y los jóvenes estudiamos y tenemos amigos.
      —¿Y esas bellezas qué tienen que ver con tu proyecto?
      —Paciencia, Quiñones.
      —Escucho.
      —Un día mi hermano, que ahora tiene ocho años, o sea los mismos que yo tenía cuando vinimos, se paró frente al viejo y le dijo que nunca más iba a volver al Uruguay, ¿qué te parece? El viejo casi se cae de culo. Y antes de que le preguntaran por qué, mi hermano le dijo que aquel país era un país de mierda, y ahí el viejo perdió el casi y se cayó de culo. Te sintetizo las conclusiones para no aburrirte: quienes lo habían convencido de todo eso eran precisamente el viejo y la vieja y los demás de la tribu oriental. ¿Sabés lo que pasa? Hablan y hablan, discuten y gritan como si no existiéramos, como si fuéramos rocas y no esponjas. Pero somos esponjas. Absorbemos.
      —¿También vos sos esponja?
      —Sí, pero un poco distinta. Vine más grande que mi hermano, así que por lo menos me acuerdo del jardincito de la casa de Punta Carretas. Pero entiendo a mi hermano y creo que su argumento tiene fuerza.
      La muchacha habla con rapidez, se ha animado, y a Quiñones le gusta el brillo inquieto de aquellos ojos verdes. Se siente en la obligación de decir algo alusivo.
      —¿Querés que te diga una cosa? Si por casualidad no llegás a suicidarte, cuando tengas cinco años más vas a hacer estragos en la juventud masculina.
      Ella resopla, divertida.
      —¿En la juventud masculina de la RFA?
      —En cualquier juventud masculina.
      —Ahora me doy cuenta de que es un piropo. No te estarás enamorando de mí ¿eh?
      —No, mija, quédese tranquila. Seguí nomás.
      —Aunque recuerde el jardincito, eso no alcanza. No soy tan categórica como mi hermano. Pero yo tampoco pertenezco realmente a lo de allá. Puede ser que a Punta Carretas, pero no a todo el país, ni siquiera a toda la ciudad.
      —Eso quiere decir que te sentís alemana.
      —Ni pensarlo. ¿Me ves asimilada a la Kartoffelnsalat?
      —Perdón, a mí me gusta.
      —Los porteños son distintos.
      —Tucumanos.
      —Son distintos.
      —¿Y por qué no te sentís alemana? ¿No hiciste aún buenos amigos, amigas?
      — Jawohl. Buenos amigos, buenas amigas, buenos perritos, buenos gatitos, pero hasta los gatitos saben que nunca seré alemana.
      —¿Hablás con acento?
      —Hablo un alemán mejor que el de Willy Brandt. Pero me falta el otro acento.
      —¿Cuál? ¿El del espíritu?
      —Por dios, no seas tan cursi, me da náuseas.
      —Perdón, perdón. Pero ¿cuál es entonces ese otro acento?
      —El otro, y chau. ¿Acaso hay necesidad de ponerle nombre? Ves, ése es un síntoma de que, pese a los ojos jóvenes, tenés efectivamente cuarenta y pico. Pertenecés a una generación que a todo le pone nombres.
      —Exactamente. La generación del diccionario. ¿Y?
      —La historia no es tan simple.
      —Ya lo veo.
      —A veces vivo con la vieja y su amigo. Me cae bien el ciudadano. Paternalista pero honrado. Otras veces vivo con el viejo y su Rosalba. Digamos que ella me cae menos bien. Admito que son prejuicios, nada más.
      —Y nada menos.
      —Pero entre medio hogar y medio hogar, me siento algo así como deshogarada.
      —¿Y ése es finalmente el motivo?
      —Paciencia, Quiñones. Cuando se van los unos, me quedo en casa de los otros, y viceversa. Pero una vez se fueron los cuatro, más bien los cinco, porque también viajó mi hermano. Dos hacia el Este, tres hacia el Oeste. Y yo quedé en el medio, como Greenwich. Toda una gran ciudad a mi disposición. Primera vez. Y entonces ocurrió.
      Quiñones percibe que la muchacha ha perdido algo de su postura de Diana siglo XX.
      —¿Qué ocurrió?
      —Poca cosa —dijo ella con voz opaca—. Me violaron.
      —¿Qué decís?
      —Me violaron, Quiñones. Venía sola, de noche, y un tipo enorme salió de pronto de las sombras. Igual que en las películas. Un clásico. Me llevó a los tirones hasta una obra en construcción. Con su manaza me tapaba la boca. Un gesto inútil, porque yo estaba muda de pánico, ni siquiera entreví la posibilidad de pedir auxilio. Cumplió su trabajo, se ve que tenía experiencia. Para mí fue un estreno jodido. Y fijate lo que son las cosas. Mientras duró aquella porquería, de lo único que me acordaba era del ruido del elástico en la cama de los viejos. Ridículo ¿eh? Además, el tipazo decía cosas que yo no entendía. No era alemán.
      —¿Qué era?
      —Imposible saberlo. Hablaba como en gorgoritos. Pero unos gorgoritos roncos. No sé explicarme. Bastante horrible.
      —Te explicás perfectamente. ¿Y qué hiciste después?
      —Cuando el señor se dio por satisfecho, me dio un golpe bastante duro y salió corriendo. Me levanté como pude, estaba toda magullada y sangrante, pero nada grave, así que pude llegar hasta mi media casa, la de la vieja, que estaba sólo a dos cuadras, y claro, no había nadie. De modo que nadie se enteró. Nadie se ha enterado todavía. Bueno, vos. Sos el primero.
      —Pero ¿cómo no se lo contaste ni siquiera a tu madre?
      —¿Para qué ?
      —Debía haberte visto un médico.
      —Quizá, pero no me gustan esas revisaciones. Durante un tiempo tuve la preocupación de haber quedado embarazada. Y fui entonces que lo decidí. Quiero decir el suicidio.
      —Pero si no quedaste.
      —Claro que no. Por eso lo decidí. Si quedaba embarazada, tenía que vivir. Por el niño y todo eso ¿entendés? Y en ese caso no me habrían importado los problemas familiares, sociales. Ah, pero si no quedaba, tenía que liquidarme.
      —No entiendo nada.
      —Me imagino. Por eso es que no lo he contado a nadie. Pensé que vos, por aquello de los ojos jóvenes. Me equivoqué.
      —Pero Susana, Elena, qué sé yo. Escuchame un poco.
      —No sé si te habrás dado cuenta de que no lloro, nada más que para que no te lleven preso. Por molestar a una niña.
      —Gracias. No sabés cómo aprecio el gesto. Pero escuchame.
      —No es tan complicado. Allá no pertenezco. Aquí no pertenezco. Y encima me ataca y me viola alguien que no es de aquí ni de allá. A lo mejor era un marciano. Y ni siquiera me hace un hijo, que por lo menos sería de aquí.
      O de allá. O de samputa, para llamar de alguna manera la desconocida patria del bestia. Me hago un nudo, como ya te habrás dado cuenta.
      —¿Y si empezamos por deshacer el nudo?
      —No se puede. O quizá, a esta altura, no quiero.
      —Se puede probar, por lo menos.
      —¿Pero no entendés? Desde aquella noche, estoy como fuera de todo, como al margen. ¿Ves a todos esos suecos, holandeses, alemanes, que desfilan, aburridos y rojos, frente a nosotros? Bueno, me importan un pito.
      —Tampoco a mí me importan. Y no me violaron.
      —Sí, reconozco que fue un argumento flojo. Pero también veo a mi madre y al compañero de mi madre, a mi padre y a la amiga de mi padre, y hasta a mi hermano y a mis amigos uruguayos y a mis amigos alemanes, y tampoco me importan. Porque estoy afuera. Me han dejado afuera. Como se deja un objeto. Un objeto usado, averiado, para el que no hay repuestos.
      —Acordate que dijiste que no ibas a llorar.
      —Para que no te lleven preso. Tendrías que apreciar el sacrificio, porque en realidad tengo unas ganas bárbaras de llorar.
      —Sin embargo, hay una cosa que para vos tendría que ser reveladora. El solo hecho de que estés haciendo pucheros, de que tengas esas bárbaras ganas de llorar, eso significa que no estás fuera, que no estás al margen. Si realmente estuvieras al margen, te sentirías seca, más aún, reseca.
      —¿Y vos cómo lo sabés?
      Quiñones ha tomado un cigarrillo y trata de encenderlo, pero la operación demora un poco porque al fósforo le ha dado un inexplicable temblor.
      —¿Cómo lo sé, eh? Porque yo sí he estado seco. Reseco.
      Ella hace otro puchero, pero ya no de catorce sino de cinco años. Se domina otra vez y por fin acaba con la limonada. Va a decir algo, pero Quiñones percibe cómo de pronto cambia de expresión, cómo se pone una máscara.
      —Ojo, ahí vienen.
      Todo un anticlímax. Porque el viejo y una mujer que seguramente es la Rosalba, se acercan con los grandes e inútiles pasos de la gente que llega tarde a una cita.
      —Ah, qué suerte que estás aquí —dice Rosalba respirando fuerte—. Teníamos miedo de que te hubieras cansado de esperarnos.
      —Se nos hizo tardísimo —aclara el viejo—. No podemos ni siquiera sentarnos a tomar algo fresco. Estamos citados en el hotel con los Elgueta, aquellos chilenos ¿te acordás? que conocimos la otra noche en Barcelona.
      —Papá, Rosalba —dice la muchacha mientras va recogiendo sus cosas—. Les presento al señor Quiñones. Es un argentino de Tucumán.
      —Encantado —dicen al unísono Quiñones, el viejo y la Rosalba.
      —Ha sido muy amable el señor Quiñones —agrega la muchacha—. No sólo me ha hecho agradable la larga espera, sino que me ha convencido de que no me suicide.
      Rosalba sonríe, un poco desorientada, pero el viejo lanza una risotada.
      —Señor cómo dijo...
      —Quiñones.
      —Señor Quiñones, le pido disculpas por esta hija. Las cosas que dicen los jóvenes.
      —Yo la encuentro inteligente y simpática.
      —Es usted muy amable —agrega el viejo—. Pero ahora la llevamos y usted verá qué paz.
      —Gracias, Quiñones —dice la muchacha.
      Como el viejo y Rosalba están ahora atentos a la aparición de un taxi, aprovecha a llevarse dos dedos a los labios y soplarle a Quiñones un beso clandestino.
      —Por favor, tenemos que irnos —insta el viejo, esta vez con cierta angustia.
      —Sí —dice Rosalba—. Tu padre tiene razón. Vamos, Inés.